jueves, 20 de septiembre de 2012

MI ESTANQUERA

Elena era una mujer muy joven.
Fue  un acontecimiento cuando llegó a mi barrio y la  primnera imagen que tengo de ella es bajando las escaleras de la casa en la que yo vivía, volviendo una cara enmarcada por una melena rubia, medio rizada, y una expresión triste. Debía tener unos 33 años años.
Junto al portal de mi casa había un bajo comercial en el que iba abrir un estanco, su estanco. El motivo de aquella apertura fue su necesidad de sacar (supuse a mis 8 años) adelante a su dos pequeños, del que recuerdo especialmente a Amaro. Nunca había escuchado ese nombre y solo volví a escuchar hace pocos años viendo la película El padre Amaro (o algo así).
Era viuda de un militar de aviación de la base de San Javier (Murcia) su marido había muerto en un grave accidente durante una de esas exhibiciones de aviones, ella lo presenció entre le publico.
Me resultó simpática desde el principio, m e  sentí unida a ella y quise ser su amiga, aún no entiendo como ni por qué con tantísima diferencia de edad, podía ser mi madre.
El día de la apertura del estanco fue un éxito apabullante. Como en toda inauguración se invitó a una serie de gente y ya desde entonces los clientes no paraban de entrar.
Yo desde fuera lo seguía todo. De hecho tanta era la cercanía entre su estanco y mi escalera que había una puerta siempre cerrada pero que unía la trastienda con ella.
En esa trastienda además de la mercancía tenía su espacio para sus hijos, una mesa para  merendar, una casita pequeña pero sin dormir en ella. Cuantas veces me hacían pasar si me veían en la calle para invitarme...
Con ella trabajaba la hermana de su marido, en aquel entonces se la consideraba una solterona sin remedio y eso que no llegaba a los 40, pero era muy atractiva. Finalmente se casó con un viudo y aunque ella era manifiestamente feliz por su matrimonio yo sentía que se la miraba con compasión por haber tardado tanto en casarse y además con el recurso de un viudo.
Poco a poco me fui introduciendo en sus vidas, no  sé como lo hice, o sí. Cuando sus niños salían del colegio y estaban allí yo jugaba con ellos ejerciendo  de hermana mayor, especialmente con Amaro. Y hubo malas lenguas que atribuyeron fines libidinosos y sucios a esos juegos, no estaba bien advertían a mi madre......
Pero yo seguía a lo mío y mi madre no me recriminó nada.
Elena y su cuñada siempre me dejaban entrar tras el mostrador y vender el tabaco que pedían y cobrar y devolver el dinero. Eso me hacía muy feliz.
A los quince años por otras historias nos fuimos del barrio, pero yo conservé siempre ese recuerdo de esta mujer Elena a la que me gustaría darle hoy un abrazo sé al día de hoy que me quería.

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